DERECHOS HUMANOS
Otra masacre disfrazada como un enfrentamiento
15/09/2026
Felipe Santiago Guerra fue secuestrado el 3 de julio de 1977 en Santos Lugares, provincia de Buenos Aires; no hay registro de su paso por ningún centro clandestino, pero su cuerpo apareció acribillado un mes después en Paraná, junto con otros dos militantes. Un comunicado del ejército habla de un enfrentamiento y vincula el hecho con un tiroteo en la ruta, unas semanas más tarde, en el que cayeron otros “delincuentes marxistas Montoneros”. Le toca a la justicia armar el rompecabezas.
Juan Cruz Varela
De la Redacción de Página Judicial
Los años de la dictadura son un abismo sin fondo en la historia argentina. Las circunstancias en que fue asesinado Felipe Santiago Guerra es apenas una muestra de esa oscuridad. Un misterio de reconstrucción imposible en cincuenta años.
Guerra y su compañera, Herminia Elisa Zapata, fueron secuestrados el 3 de julio 1977, en Santos Lugares. El motivo: su militancia en Montoneros. El rastro de ambos se perdió; hasta que el nombre de Felipe reapareció, un mes después, estampado en un certificado de defunción que firmaba un médico del Hospital Militar de Paraná: muerte violenta, decía; y otra vez el 17 de septiembre en un comunicado del Segundo Cuerpo de Ejército publicado en El Diario que identificaba a “subversivos abatidos” en un enfrentamiento con las autoproclamadas fuerzas libres en la capital entrerriana.
La familia supo de la muerte de Guerra por la publicación y dos hermanos se presentaron en el Comando de la Segunda Brigada Blindada “General Justo José de Urquiza”, en Paraná. Les entregaron un ataúd cerrado y les dijeron que contenía los restos de Guerra, que fueron inhumados el 12 de diciembre en el cementerio municipal de Sa Pereira, en la provincia de Santa Fe.
Tuvieron la certeza recién cuatro décadas más tarde: los restos pertenecían efectivamente a Felipe Santiago Guerra. Tenía heridas de bala en el brazo izquierdo y había sido ejecutado de un disparo en la cabeza.
Con esas pocas evidencias, la Cámara Federal de Apelaciones de Paraná instó recientemente la continuidad de la investigación en torno a los responsables del secuestro y asesinato de Guerra en la jurisdicción entrerriana. Lo hizo al zanjar un conflicto de competencia con el Juzgado Federal de Tres de Febrero.
El juez federal de Paraná sostenía que no estaba probado fehacientemente que las torturas y el homicidio hayan ocurrido en la capital entrerriana, donde el cuerpo fue hallado; como sí hay certezas de que fue secuestrado en Santos Lugares.
El juez federal de Tres de Febrero, por su parte, dijo que la hipótesis más sencilla y consistente es que Guerra fue secuestrado en Santos Lugares –no hay dudas en ese punto– y trasladado vivo a Paraná, donde fue sometido a torturas y asesinado.
Los ejecutores no han sido identificados, pero el fiscal José Ignacio Candioti considera que el Juzgado Federal de San Martín ha reconstruido el funcionamiento del aparato represivo en la provincia de Buenos Aires, por lo que tendría mayor aptitud para investigar integralmente la trama del secuestro y homicidio del militante.
En definitiva, la Cámara Federal de Apelaciones determinó que la investigación debe tramitar en Paraná, donde se presume que ocurrió el delito más grave, el homicidio.
Otro método de exterminio
La práctica de simular enfrentamientos fue utilizada por la dictadura para la eliminación de disidentes políticos. De lo que se trataba era de presentar la muerte a través de puestas en escena por parte de las fuerzas armadas, policiales y de seguridad fingiendo persecuciones y tiroteos con personas que se encontraban clandestinamente detenidas.
Es poco lo que se sabe de Felipe Guerra. Nació en Palo Negro, en la provincia de Santiago del Estero, el 9 de diciembre de 1941, y era uno de catorce hermanos; había practicado boxeo, trabajaba como chofer de colectivos, vivía con su compañera en una pensión de la calle Pablo Giorello 1924, en Santos Lugares, y ambos eran militantes de la organización Montoneros.
Se presume que fueron secuestrados de su casa por una patota militar, tal vez perteneciente al Comando de Institutos Militares de Campo de Mayo. Es una conjetura. No hay registro de ello ni testigos de su paso por un centro clandestino de detención.
Ella, la Negra, como le decían, permanece desaparecida. Felipe fue asesinado, presumiblemente, el 3 de agosto en un hecho que fue presentado como un enfrentamiento en una casa en calle López Jordán s/n en Paraná, junto con Tomás Alejandro Mónaco y Darío Miguel Valiño. No existe ningún documento que acredite tal “enfrentamiento”, salvo un comunicado del Ejército en el que también se menciona la muerte de María Luisa Buffo y José Antonio Garza, el 23 de agosto de 1977, en un supuesto tiroteo con militares en un control de ruta en Diamante.
El 17 de septiembre de 1977 El Diario publicó un artículo titulado Fueron identificados subversivos abatidos. Era en realidad un comunicado del Segundo Cuerpo de Ejército, suscripto por el teniente general Juan Carlos Sánchez, donde mencionaba a Guerra, Valiño, Mónaco, Buffo y Garza como “delincuentes marxistas Montoneros”, acusándolos de haber participado en “volanteadas armadas y pintadas; agitación en establecimientos fabriles; incendio a un camión transporte de automotores; chequeos a directivos de empresas y a integrantes de fuerzas de seguridad; atentado al secretario académico de una universidad; dirección de un equipo de ‘prensa’ que contaba con casa operativa, mimeógrafos y todo el material necesario para la confección de propaganda; ataque a un relevo de guardia muriendo en el mismo un suboficial y soldado del ejército argentino; integraron una posta sanitaria; relevamiento de un vehículo militar al cual pensaban destruir mediante la colocación de explosivo, que estaban preparando y sería operado por tele-explosor; (y) traslado de armas”.

No existe el menor indicio de las acciones que se les atribuye: ni actas que certifiquen los enfrentamientos, ni que a los militantes les hubieran secuestrado armas, ni constancias de que se hayan producido bajas o heridos entre los integrantes de las fuerzas armadas y de seguridad.
La versión militar es que la muerte de los militantes habría ocurrido en dos enfrentamientos, en tiempos en que la provincia estaba bajo el mando y control del general Juan Carlos Ricardo Trimarco.
Rompecabezas
No hay registros, constancias, evidencias ni testimonios que indiquen que Felipe Santiago Guerra, Tomás Alejandro Mónaco y Darío Miguel Valiño se conocieran; y mucho menos que integrasen una célula. Mónaco, en cambio, estudió Ingeniería Electricista en la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca, con María Luisa Buffo y José Antonio Garza; y militaban en el peronismo revolucionario.
La persecución los había motivado a radicarse en La Plata, donde fue asesinado el compañero de Buffo, también militante peronista; mientras que Zulma Matzkin, pareja de Mónaco, había sido asesinada el 4 de septiembre de 1976 en Bahía Blanca.
De acuerdo a lo que pudo reconstruirse del derrotero posterior, Garza y Mónaco transitaron por centros clandestinos que funcionaron en la Base Naval Puerto Belgrano y luego fueron trasladados a La Escuelita, una vieja casa ubicada detrás del Comando del Quinto Cuerpo, bajo el control de la Marina. Esta última circunstancia fue referida por un compañero que compartió cautiverio con ellos y dijo que ambos “habían caído en La Plata y los habían traído a la Marina, según lo que ellos decían; lo que querían que hiciéramos era el organigrama de la organización, lo que no tiene lógica”, tal el relato que dio en el juicio que se realizó en Bahía Blanca.
Valiño había nacido en Capital Federal, tenía doble nacionalidad argentina y española; militaba en el peronismo revolucionario torno a la capilla San Francisco de Asís, en Villa Bosch, y trabajaba en la fábrica de motocicletas de Zanella en Caseros. De ahí fue secuestrado el 1 de julio de 1977.
Su caída en Entre Ríos es un rompecabezas de resolución compleja. No existe absolutamente ninguna prueba de los enfrentamientos aludidos por la dictadura; por el contrario, testigos refieren a sus detenciones ilegales en las semanas previas.
La trama fue reconstruida por Raúl Vergnano y Guillermo Torremare en el libro Los tresarroyenses desaparecidos, donde sostienen que “la muerte de los mencionados no ocurrió en el lugar y las circunstancias citadas”.
La hipótesis que plantean es que “los trasladaron en una camioneta, de la cual los hicieron descender. Los liberaron y les indicaron que corrieran. Tal vez supusieron que los estaban dejando en libertad, porque efectivamente corrieron. Pero no era esa la intención. Lo supieron cuando escucharon estampidos de armas de fuego. Instantes después morirían acribillados por la espalda. Garza habría quedado tendido en el suelo, a Buffo la subieron nuevamente a la camioneta, que prendieron fuego con ella en su interior”, sostienen Vergnano y Torremare.
Se presume que los cuerpos de los militantes asesinados fueron trasladados al Hospital Militar de Paraná, aunque no hay registro oficial de ello, salvo los certificados de defunción firmados por el médico Juan Antonio Zaccaría, condenado por robo de bebés, consignando en todos los casos que se trataba de una “muerte violenta”. Tampoco hay constancia del egreso de los cuerpos, aunque sí figura el ingreso de los cadáveres como NN y provenientes del Hospital Militar en los libros del cementerio municipal.
Luego de que la noticia se difundiera en los medios a través del comunicado del Segundo Cuerpo de Ejército, los familiares de las víctimas viajaron a Paraná para recuperar sus restos; las autoridades militares les informaron que habían sido inhumados en el cementerio municipal, y de allí los rescataron.