PRONTUARIO E HISTORIA

La increíble y cruenta historia de Amparito la desalmada

01/09/2026

La Policía arrestó a Alejandra Etelvina Rodríguez, después de una década ocupando las páginas de los prófugos más buscados del país. Debe purgar una condena de veinte años de prisión por haber sido cómplice del abuso sexual de sus hijas menores de edad. Fueron ellas quienes alertaron dónde se escondía, en cercanías de donde ocurrieron los hechos, en un camping de Villa Paranacito, cobijada por su familia.

La increíble y cruenta historia de Amparito la desalmada

Juan Cruz Varela
De la Redacción de Página Judicial

 

Alejandra Etelvina Rodríguez carga un apodo que parece la antítesis de la cándida a quien Gabriel García Márquez le dedicara un cuento; antes bien, podría remedar a la desalmada aquella.

El 26 de agosto, cuando estaba a punto de celebrar una década como la prófuga más buscada de Entre Ríos (¿lo era en verdad?), alias Amparito fue detenida por la Policía de Entre Ríos, en un operativo que parece haber sido escrito para el cine, en el camping Puente Paranacito, sobre la Ruta Nacional 12, muy cerca de donde ocurrieron los hechos por los que había sido condenada a veinte años de prisión.

Se había escondido sin que pudieran ubicarla durante una década. Sus rastros se perdieron. Se dice que cambió de país. Hasta que un día cometió un error: volvió a casa, y ahí cayó.

Treinta efectivos irrumpieron en el camping en medio de la noche y lograron quebrar un rudimentario aunque efectivo sistema de alarmas que acaso podría haberle permitido escapar y perderse en el monte.

Según indicaron fuentes policiales a Página Judicial, el dato que permitió localizar a Amparito fue aportado por sus propias hijas. Se presentaron ambas el 1 de mayo ante la comisaría de Ceibas y contaron que habían recibido información que indicaba que su madre, condenada y prófuga, había regresado a Villa Paranacito que se encontraba viviendo en un complejo de cabañas, cobijada por su familia.

En los meses siguientes, a partir de aquel dato, se sucedieron tareas de vigilancia, seguimientos e intervenciones telefónicas que permitieron identificar a quienes vivían en el lugar y reconstruir los movimientos internos.

Las personas que vivían en el ingreso del predio tenían una vista privilegiada sobre movimientos que podían considerar sospechosos en la ruta; la madre de Rodríguez, a su vez, tenía en su cabaña una especie de cuerda que jalaba ante cualquier sospecha y hacía sonar una campana ubicada a unos cincuenta metros para advertir a la prófuga, que se alojaba en una pequeña casilla de madera emplazada en el fondo del camping. Los policías que ingresaron aquel miércoles a las tres y media de la madrugada encontraron allí una mochila con ropa y elementos de supervivencia que le permitirían, eventualmente, esconderse en el monte, resistir durante unos días y emprender una huida.

Allí la encontraron, pertrechada; así fue su caída, sin resistencia. El final de un derrotero, hasta su alojamiento definitivo en la cárcel de mujeres de Paraná, donde empezará a cumplir una condena de veinte años de prisión.

Condena y fuga

Los hechos por los cuales fue condenada Alejandra Rodríguez ocurrieron en Villa Paranacito, donde vivía con sus hijas, que tenían 13 y 10 años cuando se formalizó la denuncia, en 2014.

Fue una maestra de la escuela a la que asistían las niñas quien advirtió que algo no estaba bien e irradió las primeras alertas al Consejo Provincial del Niño, el Adolescente y la Familia (Copnaf), desde donde radicaron la denuncia ante la Policía; e inmediatamente se dio intervención al entonces fiscal auxiliar Pablo Obaid.

De acuerdo con el testimonio que dieron las nenas en Cámara Gesell, los abusos ocurrían en una casilla de madera que ocupaba un supuesto curandero, Juan Carlos Flores, en el mismo camping en que fue capturada Amparito, a unos cincuenta metros de la casa donde vivían. Los abusos eran sistemáticos; ella las entregaba como una especie de ofrenda y siempre con la promesa de que cada vez era la última. El fiscal dijo además que la mujer prestaba “colaboración material y moral” al perpetrador y que los abusos se consumaron “previo doblegar la voluntad de las víctimas a través del uso de amenazas y a veces de fuerza material por parte de la madre”.

Operadores judiciales que intervinieron en las distintas instancias del proceso penal, sea en forma directa o a través de distintas resoluciones que les tocó dictar, aseguran que pocas veces han sido testigos de testimonios tan espeluznantes como los de estas niñas.

El 13 de mayo de 2016, el Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguaychú, integrado por los jueces Arturo Exequiel Dumón, Alicia Vivian y Mariano Martínez condenó a Amparito a veinte años de prisión, pero en los meses que siguieron hasta la confirmación de la condena, en diciembre, se fugó.

Flores, el perpetrador de los abusos, fue condenado a diecinueve años de cárcel, fue detenido cuando la sentencia quedó firme y falleció en prisión en 2017.

Se dice –puede que sean habladurías– que Amparito huyó al Paraguay. ¿Cómo saberlo? Sí se sabe que no salió del país por un paso fronterizo habilitado, estaba en la lista de criminales “más buscados” de la Argentina y se llegó a ofrecer una recompensa de 20 millones de pesos para quien aportara datos sobre su paradero. Nadie lo hizo.

Su detención es un acto reparador para sus hijas, las víctimas, que vivieron años de miedo e incertidumbre. “No se sana, pero se sale adelante”, se esperanzó la mayor en una entrevista que le dio a Canal 9 cuando se conoció la noticia.