DERECHOS HUMANOS

Condenaron a dos gendarmes por la persecución de comunistas durante la dictadura

09/06/2026

El Tribunal Oral Federal de Concepción del Uruguay condenó a Néstor Gómez del Junco y Roberto Oscar Caserotto, ex integrante de Gendarmería, a penas de diez años de prisión por el secuestro y aplicación de torturas a militantes comunistas. Sin embargo, por mayoría, se dispuso que sigan en libertad hasta que la sentencia quede firme.

Condenaron a dos gendarmes por la persecución de comunistas durante la dictadura

Juan Cruz Varela
De la Redacción de Página Judicial

 

Cuando se habla sobre la última dictadura cívico-militar, suele ponerse el énfasis en el nefasto rol que cumplieron las Fuerzas Armadas, como si hubieran sido las únicas responsables de la represión ilegal en todo el territorio. Lejos de ello, no actuaron solas, sino que lo hicieron en conjunto con otras fuerzas de seguridad.

Gendarmería había logrado evitar que se la asociara a los oscuros años de la dictadura. No había integrantes de esa fuerza vinculados judicialmente a la represión ilegal en la provincia. Así había sido hasta hoy.

El Tribunal Oral Federal de Concepción del Uruguay condenó a Néstor Alfredo Gómez del Junco y Roberto Oscar Caserotto, ex integrante de Gendarmería, a penas de diez años de prisión por el secuestro y aplicación de torturas a siete militantes comunistas y tres niños, y como integrantes de una asociación ilícita. La fiscal Josefina Minatta había pedido que se los condene a veinte años y que se dispusiera la prisión preventiva. Sin embargo, por mayoría, se resolvió que los represores permanezcan en libertad hasta que la sentencia quede firme, tal lo dispuesto en el veredicto, cuyos fundamentos se darán a conocer el 18 de junio. Sobre este punto, quien planteó la disidencia fue Noemí Berros, se indicó a Página Judicial.

Además, los jueces Berros, José María Escobar Cello y Eugenio Martínez Ferrero remitieron a la fiscalía de primera instancia copia del testimonio de una mujer que también dijo haber sido víctima de la represión ilegal y podría redundar en responsabilidades penales contra otros represores.

También remitieron copia del veredicto a la Municipalidad de Concepción del Uruguay para que se proceda a la señalización como sitios de memoria de la Unidad Penal Número 4, la sede del Escuadrón de Gendarmería y la llamada “casa de Bernay”, un sitio operativo de las fuerzas represivas en las afueras de la ciudad.

El día del cumpleaños

El 14 de mayo de 1977, una patota irrumpió violentamente en la vivienda de Roberto Montesinos y su compañera, Berta Muñoz, que festejaba su cumpleaños. En la casa estaban sus hijos, Gabriela y Daniel Montesinos, de 4 y 7 años; y unos amigos, entre ellos, sus camaradas Carlos Julián Stur, Juan Bautista Amadeo Echeverría, Eladio Ramón Bochatay, Jorge Clemente Impini, Raúl Impini, Héctor Raúl Jáuregui y Rodolfo Saldarelli, todos ellos militantes del Partido Comunista.

Echeverría contó que “estaban los varones en el patio y las mujeres en una habitación” y recordó que en un momento ingresó y vio que había una persona que no recuerda si era militar o gendarme, apuntándoles con un arma.

Los verdugos retuvieron a mujeres y niños en la habitación e hicieron salir a los hombres al patio, donde les hicieron poner las manos contra la pared, los insultaron y volcaron todas las bebidas sobre el asado.

El operativo, que la fiscal describió el allanamiento como “ilegal y violento”, estuvo encabezado por el militar José Luis Palacios (fallecido), jefe de inteligencia de la zona e interventor del Sindicato de Luz y Fuerza en esos años; e intervinieron militares, oficiales de Gendarmería y agentes de la Policía Federal.

A la nena le apuntaron con un arma en la cabeza, amenazando a su madre para que dejara de llorar
–Si no la hacés callar, le vuelo la tapa de los sesos –le dijo un integrante de la patota.

A la mujer la trasladaron esa noche a la delegación local de la Policía Federal, donde fue interrogada por Gómez del Junco y Caserotto; luego fue devuelta a la casa, donde permaneció secuestrada, incomunicada y con custodia, junto con sus hijos, durante los siguientes diez días.

Mientras eso pasaba, los militantes comunistas fueron trasladados al escuadrón de Gendarmería; allí los obligaron a formar fila y los golpearon con la culata de fusiles FAL; los encerraron en calabozos, los obligaron a desnudarse, a uno de ellos le tiraron agua sacada de la heladera; recibieron insultos, golpes, pisotones y los sometieron a un simulacro de fusilamiento, entre otras torturas físicas y psicológicas.

Al otro día, los militantes comunistas fueron trasladados a la unidad penal de Concepción del Uruguay, como quedó asentado en los libros del Servicio Penitenciario, provenientes del escuadrón de Gendarmería. En los registros se los consignó a disposición del jefe de la represión en la ciudad, teniente coronel Vicente Héctor Noé. Hasta su liberación, el 26 de mayo.

Al amparo de la noche y de la niebla

La cacería contra el grupo de militantes del Partido Comunista continuó. Al año siguiente, el 12 de enero, una patota integrada por personal de Gendarmería y Policía Federal secuestró y torturó a dos de ellos, Juan Bautista Echeverría y Carlos Stur, junto con su hijo de 13 años, cuando se encontraban acampando en Banco Pelay.

Según relataron ante la justicia, los dos militantes estaban acampando hasta que repentinamente se cortó la luz y aparecieron cuatro personas, entre los que reconocieron al Moscardón Verde y a Pedro Rivarola, otro policía federal, y se los llevaron violentamente, les vendaron los ojos y los trasladaron hasta “la casa de Bernay”, una casa operativa de las fuerzas represivas que presumen estaba cerca del Arroyo Colman.

En ese lugar estuvieron esa noche atados con alambres alrededor del cuello, los golpearon con un palo y con manoplas y les aplicaron picana eléctrica en distintas partes del cuerpo. En la parrilla, vendado, atado y mientras era torturado, en un momento en que se le despegaron las cintas que cubrían sus ojos, Stur reconoció a Gómez del Junco como quien empuñaba la picana eléctrica.

Según su testimonio, los integrantes de la patota enlazaron a Stur y Echeverría con un cordón muy fino de alambre alrededor del cuello, unidos, y los golpeaban de ambos lados, de modo que el cordón se iba ajustando. Eran golpes muy duros, con manoplas o por gente adiestrada, dijeron. Golpes en los oídos, lo que llamaban teléfono. A Stur le hicieron lo que denominaban palomita: lo tiraron al suelo, boca abajo, atado de pies y manos a la espalda. También lo quemaron con cigarrillos.

Stur recuerda, en ese contexto, la melodía que emitía una cajita de música; paradójicamente, “una melodía muy agradable”, dijo al declarar en el juicio.

Después trajeron la picana eléctrica. Gómez del Junco era quien la empuñaba. Stur en una habitación y Echeverría en otra contigua. Ambos desnudos, sobre una parrilla, las manos atadas con alambres. Primero fue el turno de Echeverrría; Stur escuchaba cómo lo torturaban. Después fue su turno: le pasaron un paño mojado y comenzaron a pasarle picana eléctrica en todo el cuerpo, con especial ensañamiento en la sien derecha.

Gómez del Junco era quien empuñaba la picana, dijo Stur. Lo reconoció. Las preguntas estaban orientadas a que delataran a sus camaradas del Partido Comunista, relataron en el juicio.