JUSTICIA Y MEDIOS

Ocho años después

18/05/2026

El 18 de mayo de 2018, El Diario despidió sin causa y sin indemnización a ochenta y tantos trabajadores; no se hicieron distinciones de áreas, antigüedad ni cargos. Ocho años después, siguen reclamando el pago de las indemnizaciones y denuncian demoras judiciales en la ejecución de sentencias firmes.

Ocho años después

Federico Malvasio y Juan Cruz Varela (*)

 

Es difícil ironizar sobre la muerte de una forma colorida o simbólica.

A Guillermo Huber, periodista, la muerte lo encontró desahuciado, atravesado por un dolor que no era físico sino espiritual frente a la humillación más profunda y esperando un resarcimiento que el sistema judicial, indolente, se empeñó en negarle.

Era uno de esos periodistas que había aprendido el oficio en una redacción de otro tiempo, en la que no había periodistas recibidos en ninguna escuela de periodismo sino en la escuela de la calle. Guillermo era oriundo de La Paz; se instaló en Paraná para estudiar Historia e ingresó a El Diario casi de causalidad, en 1989, como corrector, otro oficio de antaño en los medios gráficos. No terminó la carrera terciaria, pero otra eventualidad lo dejó un día a cargo de la página De ayer para hoy, una sección semanal sobre acontecimientos históricos que incluía un apartado que recordaba hechos ocurridos 50 años antes desde la narrativa que les había dado el matutino. Guillermo solía recordar que sus crónicas se nutrían muchas veces de una gran biblioteca heredada de su padre, un reconocido odontólogo eternizado en el nombre de una escuela paceña.

Eran tiempos en que los periodistas tecleaban sus notas en las máquinas Olivetti Lexicon 80, cigarrillo tras cigarrillo, detrás de nubes de humo. No había horarios fijos; los periodistas comenzaban a llegar cuando gran parte de la ciudad retornaba de sus trabajos y se iban, ya entrada la madrugada, a continuar la bohemia del oficio en los salones del Bar Victoria mientras esperaban que El Diario estuviera impreso, doblado y listo para que los canillitas pasaran a retirarlo.

Con los años, Guillermo se asentó como cronista de Deportes, llegó a ser subjefe de sección y también fue delegado gremial.

Hasta que un telegrama de despido le movió la estantería por completo. Era el 18 de mayo de 2018. Durante 29 años había vivido una vida dentro de la Redacción: seis días a la semana, sin sábados ni domingos, en jornadas que nunca eran de seis horas, con francos rotativos que bien podían caer en domingo, martes o miércoles. A cierta edad, más cerca de la jubilación, aquella vida era la única posible, y ante el estruendo de un despido, Guillermo no pudo organizar una persona distinta a la que era, no pudo reinventarse.

“No ha sido fácil para mí”, recordó en una charla con uno de los redactores de esta nota dos días antes de que su muerte sacudiera el grupo de WhatsApp que comparten los trabajadores despedidos. Se lo notaba debilitado; hablaba con un hilo de una voz que había perdido algunos matices. “Perdí mucho y he tardado hasta ahora en recuperarme del dolor que siento, un dolor que no es físico sino espiritual. Nunca más pude volver a agarrar un diario”, contó esa mañana.

El 18 de mayo de 2018, hace ocho años, El Diario despidió sin causa y sin indemnización a ochenta y tantos trabajadores; no se hicieron distinciones de áreas, antigüedad o cargos, en una muestra del vaciamiento profesional.

Algunos tuvieron más suerte que otros; hubo quienes pudieron reacomodarse, reinventarse en el periodismo o en otros oficios, sobrevivir. Guillermo hizo algunas changas, manejó un remís en esos horarios que nadie quiere tomar, durante la nochebuena de ese año le desvalijaron la casa y con su enojo a cuestas se fue a Buenos Aires; sin suerte y sin trabajo, a la semana se subió al camión de un amigo que iba hacia el norte, anduvo por Córdoba, Catamarca, repartió currículums en medios gráficos, digitales, radios, pero nadie lo llamó; alguien le dio el dato de un conocido que tenía un periódico en Andalgalá, una ciudad del norte catamarqueño, y allá fue, a dedo, pero tampoco tuvo suerte; de ahí a Salta, sin un peso. Volvió a Paraná por unos meses y decidió mudar sus expectativas hacia el sur, acaso buscando algo de amor en el reencuentro con su hija, a quien no veía desde hacía bastante: en colectivo llegó hasta Santa Rosa y ya sin dinero siguió a dedo hasta San Martín de los Andes, donde pudieron abrazarse. En Neuquén le ofrecieron espacio en un medio digital: “Me dijeron que buscara una publicidad y lo que me dieran era para mí. Pero no conocía a nadie”, recordó. Buscó nuevos rumbos hacia el lado del mar, camino a Viedma, “a ver si encontraba una radio, un diario, un pasquín”. Una semana después, y unos cuantos kilos menos, cayó deshidratado a un costado de la ruta. Unos policías alcanzaron a verlo tirado y le salvaron la vida. Pasó dos meses de convalecencia en un hogar de Carmen de Patagones hasta que su familia le mandó un pasaje y pudo volver a Paraná.

“Mi historia es un granito de arena”, dirá dos años después y ya jubilado. “Hay compañeros que la pasaron peor porque se ensañaron con nosotros, hubo gente a la que nunca respetaron”, agregaría aquella mañana al otro lado del teléfono.

(*) Fragmento de una nota publicada en la edición octubre-noviembre de 2023 de la Revista Cicatriz.