DERECHOS HUMANOS

Murió el médico torturador Hugo Moyano

19/02/2026

El médico torturador Hugo Mario Moyano murió este miércoles, a los 77 años. Era el encargado de supervisar las sesiones de tortura en los centros clandestinos de detención de la dictadura, fue beneficiado por la ley de obediencia debida, luego juzgado y condenado en dos ocasiones. Cumplió su condena e intentó, vanamente, volver a ejercer la profesión.

Murió el médico torturador Hugo Moyano

Juan Cruz Varela
De la Redacción de Página Judicial

 

El médico Hugo Mario Moyano, torturador condenado por crímenes de la última dictadura cívico-militar en Entre Ríos, murió este miércoles en Paraná, a los 77 años.

Moyano era médico del Servicio Penitenciario y de la Fuerza Aérea durante la dictadura; fue alcanzado por la ley de obediencia debida, pero quedó detenido el 4 de junio de 2009, tras la anulación; y fue condenado a diez años de prisión como coautor de la aplicación de severidades, vejaciones y apremios ilegales contra cuatro víctimas; e imposición de tormentos, agravado por la condición de perseguido político de tres víctimas, en el marco de la denominada megacausa Área Paraná. Luego recibió una segunda condena de ocho años de cárcel.

Cumplió íntegramente su condena en prisión, recuperó la libertad en 2019 y hasta solicitó autorización para volver a ejercer como médico, pero el Ministerio de Salud de la provincia rechazó su pedido para restituirle la matrícula –que tenía suspendida mientras estuvo detenido– y luego también los hizo la justicia provincial.

Moyano expresa la complicidad de los actores civiles en el plan sistemático de represión ilegal: los verdugos no siempre vestían uniforme en los centros del horror; o mejor dicho, no siempre vestían uniforme militar. Los había también de chaquetilla: médicos que prestaban sus conocimientos para la tortura de presos políticos.

Agente civil médico

Moyano, el Negro, como le decían, había nacido el 16 de noviembre de 1948 en la ciudad de Santa Fe. Llegó a Paraná en 1973, con 24 años, y enseguida comenzó a trabajar como médico de la Fuerza Aérea Argentina, según dijo, “por la sola razón de una necesidad económica”. La misma motivación lo llevó, en 1976, ya consumado el golpe militar, a ingresar al Servicio Penitenciario como médico de las cárceles paranaenses. “Era muy joven, recién recibido, necesitaba trabajar, hacerme de un buen nombre en la sociedad”, diría hace unos años ante la justicia.

Atravesó la etapa más dura de la represión ilegal como agente civil de la Fuerza Aérea, hasta 1979, y abandonó su tarea en las unidades penales recién cuando el gobierno constitucional lo obligó a optar entre eso y su trabajo en los hospitales públicos.

Ex presos políticos contaron que mientras estaban en cautiverio eran retirados de las cárceles de Paraná y trasladados al centro clandestino de detención que funcionó en el Batallón de Comunicaciones, a una casa de torturas que había en cercanías de la Base Aérea o dentro mismo de la unidad penal, donde también eran sometidos a tormentos. La presencia de Moyano ha sido señalada con frecuencia en esos lugares e incluso en los libros de guardia del Servicio Penitenciario constan también las salidas de los detenidos políticos para ser atendidos en el Hospital Pasteur, en el que se atendía en esos años a pacientes con tuberculosis y Moyano tenía consultorio.

Uno de ellos dijo que “en el campo de concentración Moyano era el que decía a quien había que aplicarle la picana, a quien darle más y con quien parar”.

Recordó que una vez, estando vendado y encapuchado, lo habían sentado sobre un hormiguero, quedó llagado, lastimado en todo el cuerpo y sus verdugos lo llevaron a que Moyano lo revisara. Entonces le reconoció la voz:
–Ya que usted me va a revisar, no se olvide de poner todo esto en su legajo.
–Agradecé que estás vivo –le respondió el médico.

Otra ex detenida política dijo haber visto a Moyano cuando era torturada en la casita de la Base Aérea. Relató que le aplicaron picana eléctrica en distintas partes del cuerpo y en las encías, mientras estaba desnuda y atada de brazos y piernas a un camastro.

Los verdugos se burlaban y le decían:
–Te vamos a sacar la epilepsia, hija de puta.

En esas circunstancias escuchó la voz gruesa de Moyano:
–Paren, paren que viene el infarto –les dijo el médico en varias oportunidades, hasta que la mujer perdió las fuerzas y se desmayó.

Volvió a verlo en la casita, en la casa del director –otro sitio de torturas– y también en la cárcel de mujeres, donde la atendió por un ataque de epilepsia y le dijo que no tenía nada, por lo que no le dio ninguna medicación ni tratamiento.

Otra mujer que también pasó años de cautiverio y sufrió torturas durante la dictadura describió como un hombre alto, bien peinado y con “olor a limpio”, como si acabara de salir de la ducha.

En la sentencia que fundamenta la condena del médico se consignó que “los testimonios ubican a Moyano como un activo colaborador en las prácticas ilegales que llevaban a cabo las fuerzas conjuntas en esta ciudad de Paraná en el marco de la lucha contra la subversión” y se destacó que la presencia de Moyano “en las unidades de detención se hallaba lejos de obedecer a una razón humanitaria como tampoco a una respuesta al compromiso hipocrático asumido”, sino más bien obedecía a que “su accionar conformaba parte fundamental dentro del mecanismo de interrogatorios bajo inflexión de tormentos que se desarrollaba en razón del plan sistemático de represión”.

Lavada de cara

Tras el retorno de la democracia, el médico siguió desempeñando su labor en clínicas privadas de la capital entrerriana, se recicló en organizaciones no gubernamentales y buscó permanentemente tener una participación protagónica que lavara su imagen.

Así, llegó a ser presidente del Rotary Club Paraná, por el voto de sus asociados, entre 1998 y 1999. También presidió la Sociedad de Otorrinolaringología del Litoral, durante 1991 y 1992; entre 1996 y 2003 fue docente de la Unidad Docente Asistencial de Medicina (UDAM) de Paraná, dependiente de la Facultad de Medicina de Rosario; y estuvo a cargo de la Sociedad Entrerriana de Otorrinolaringología en 2005 y 2006.

Tampoco el Estado le cuestionó su rol durante la dictadura, lo que le permitió ser asistente del Servicio de Otorrinolaringología del Hospital Materno-Infantil San Roque durante doce años y jefe de clínica del Servicio de Otorrinolaringología en el Hospital San Martín, cargo al que accedió por concurso en 1989 y en el que se mantuvo hasta su detención, dos décadas después.