La prueba viviente del genocidio

07/08/2018

Juan Cruz Varela De la Redacción de Página Judicial “Yo soy la prueba viviente de que hubo un genocidio”. La afirmación de Sabrina Gullino fue el punto de partida de una declaración en la que hubo dosis de emotividad en un juicio donde se ventilan las atrocidades de la dictadura: secuestros, torturas, muerte y el


Juan Cruz Varela
De la Redacción de Página Judicial


“Yo soy la prueba viviente de que hubo un genocidio”.

La afirmación de Sabrina Gullino fue el punto de partida de una declaración en la que hubo dosis de emotividad en un juicio donde se ventilan las atrocidades de la dictadura: secuestros, torturas, muerte y el robo de bebés.

Sabrina declaró en carácter de melliza, como la melliza de un hermano a quien le robaron la identidad hace cuarenta años y al que busca todos los días, en el marco de un juicio oral y público que se desarrolla en Paraná por el robo de bebés nacidos en el Hospital Militar durante la última dictadura cívico-militar.

En el banquillo no están los militares, esos perpetradores del horror, sino tres médicos: Miguel Alberto Torrealday, Jorge Esteban Rossi y David Vainstub, los propietarios del Instituto Privado de Pediatría (IPP), o como les dijo ella, los cómplices civiles.

Sabrina y su hermano son hijos de Raquel Negro y Tulio Valenzuela, nacieron en el Hospital Militar de Paraná, fueron derivados al Instituto Privado de Pediatría, donde permanecieron internados durante veintitantos días, y egresaron juntos. Pero el camino se bifurca a partir de entonces: ella fue abandonada en un convento en las afueras de Rosario, dada en adopción legal y recuperó su identidad en diciembre de 2008. De su hermano, el mellizo, no se sabe nada.

“No habría sido posible la sustitución de nuestra identidad si los médicos no hubieran puesto el conocimiento científico al servicio del plan sistemático de apropiación de menores”, aseguró Sabrina. “Ellos participaron de esta cadena de la historia para que yo estuviera treinta años hasta restituir mi identidad y para que al melli todavía lo estemos buscando”, agregó.

El suyo, dijo, es uno de 40 casos de bebés que fueron abandonados en la vía pública, en hogares de menores u hospitales públicos, entre los 128 nietos que han recuperado su identidad. El resto habían sido apropiados. De su hermano, no se sabe.

“Que yo esté declarando es la consecuencia de que haya tres personas desaparecidas: mis padres y un desaparecido con vida”, dijo luego la hija de Raquel Negro y Tucho Valenzuela.

Sabrina, además, les pidió a los médicos, aunque se dirigió puntualmente a Torrealday, que rompan el pacto de silencio: “Ellos tienen información, que tengan dignidad, que digan lo que saben, a quién le entregaron al melli; que tengan un gesto de nobleza, así pueden estar en paz y nos dan paz a mí y a mi familia”.

Lo que dice el libro

Sabrina habló de la “lucha colectiva” en el camino de búsqueda de los nietos apropiados, un camino “que forjaron las Madres, las Abuelas, los Hijos y los sobrevivientes” de la dictadura; enumeró las distintas líneas de investigación encaradas por los organismos de derechos humanos; y destacó el valor que tienen los juicios como espacios de construcción de verdad.

Con notable lucidez, también contó la dramática historia que la tiene como protagonista y desmenuzó el “Libro de Producción”, esa bitácora del Instituto Privado de Pediatría donde quedó asentado el ingreso y egreso de los mellizos.

De acuerdo con ese libro, los mellizos fueron derivados desde el Hospital Militar. La nena ingresó el 4 de marzo bajo el nombre de “Soledad López” y el varón fue ingresado el 10 de marzo y anotado como “NN López”; y permanecieron hasta el 27 de marzo en que fueron dados de alta. Ese día era el lunes posterior al feriado de Semana Santa.

Sabrina también le encontró una explicación a lo que pudo haber pasado en esos seis días que pasaron entre la internación de la nena y la internación del varón, y lo hizo a partir de datos que le aportó el propio Torrealday en una entrevista informal que tuvieron en marzo de 2013 y de la que también participaron su hermano, un psicólogo de Abuelas de Plaza de Mayo y los otros socios del IPP: “El bebé se va con la familia a la que se lo tenían prometido, a los seis días se presenta un problemita, que Torrealday dice que pudo ser que tuviera apnea o que se pusiera amarillito, lo devuelven al Hospital Militar, porque una enfermera lo vio ahí, y después lo llevaron otra vez al IPP, donde estuvo veintipico de días”, reconstruyó.

En el libro no está consignado quien los ingresó, que médico los trató durante su estadía en el IPP ni quien los retiró. En el primer juicio, realizado en 2011, Torrealday aseguró que la encargada de hacer las registraciones era Laura Marizza, una empleada administrativa del IPP ya fallecida. Sin embargo, una pericia determinó que tres personas distintas habían hecho esas anotaciones. “Es fácil echarle el fardo a un muerto”, expresó Sabrina.

Esa información debería estar contenida en las historias clínicas, que según los médicos se destruyeron durante una inundación en el edificio donde actualmente funciona el Sanatorio del Niño, algo que también ha sido puesto en duda por la hija de Raquel Negro y Tucho Valenzuela.

En los registros también quedó constancia de que el “Hospital Militar” pagó 71.200 pesos de esa época por la atención de la nena y 35.550 pesos por el varón.

De aquella reunión del año 2013 a Sabrina le quedó rebotando otra frase de Torrealday:
–Esos que están anotados en el libro son los hermanos y se los llevó la misma persona.

El nombre de esa persona es la incógnita y tal vez la llave para abrir el enigma.