Los caprichos del Mayordomo, el narco que proveía a Daniel Celis

13/12/2018

Juan Cruz Varela De la Redacción de Página Judicial Un cálculo no oficial indica que narcotraficantes de nacionalidad peruana controlan unas diez cocinas de cocaína en asentamientos de la Ciudad de Buenos Aires y que desde allí abastecen a organizaciones en distintas provincias argentinas. La banda de Daniel Andrés Celis está completamente desarticulada, desfinanciada y

Los caprichos del Mayordomo, el narco que proveía a Daniel Celis


Juan Cruz Varela
De la Redacción de Página Judicial


Un cálculo no oficial indica que narcotraficantes de nacionalidad peruana controlan unas diez cocinas de cocaína en asentamientos de la Ciudad de Buenos Aires y que desde allí abastecen a organizaciones en distintas provincias argentinas.

La banda de Daniel Andrés Celis está completamente desarticulada, desfinanciada y endeudada con su proveedor, un narcotraficante de nacionalidad peruana a quien sus connacionales llaman el Mayordomo o Tío y a quien Celis le teme como a nadie.

Johan Edgardo Arias Quintana, el Mayordomo, nació hace 25 años en Lima. Su vida discurrió rápido y su ascenso fue fulgurante en medio de una guerra que tuvo como epicentro a las villas porteñas en la última década; una guerra predatoria, como todas, donde la disputa por el territorio era una forma de llevar adelante el negocio.

Tres jueces federales buscan al huidizo y excéntrico Arias Quintana, que hasta no hace mucho se exhibía en las redes sociales en pomposas fiestas, de viaje por el sur del país o en salidas familiares por algún shopping e incluso almorzaba o cenaba sin problemas en conocidos restaurantes porteños.

Johan, el Mayordomo, es un emergente de las bandas de narcotraficantes que manejan la mayor cadena de producción de cocaína y en su caso fue creciendo en el mundo narco desde que se radicó en Buenos Aires, cuando apenas estaba saliendo de la adolescencia.

Su base estaría en Avellaneda, aunque un testigo de identidad reservada asegura que no es la cabeza de la organización sino que hay alguien por encima suyo, una tía que es quien ingresaría la droga a la Ciudad de Buenos Aires.

Como fuera, Arias Quintana comercializa entre cincuenta y ochenta kilos de cocaína por semana, según el testigo de identidad reservada, lo que permite inferir el poderío económico de la organización a la que pertenece. Paga en dólares, la recibe en cajas cerradas o en mochilas –incluso en algunas ocasiones él mismo va a buscarla–, organiza la distribución en departamentos de la Ciudad de Buenos Aires y envía remesas a Entre Ríos y Córdoba, siempre en colectivo y con personas de su confianza.

Hábil y escurridizo, el Mayordomo cambia permanentemente el número de teléfono para evitar filtraciones a las fuerzas de seguridad; y utiliza distintos vehículos, casi todos a nombre de su madre, que permuta todos los meses.

Su amigo en Paraná

Arias Quintana se convirtió en proveedor de Celis a partir de que éste mutó su negocio de la marihuana a la cocaína, estando ya detenido.

Eso lo supieron los investigadores a partir de los datos que surgen de las escuchas telefónicas y del testimonio de Luciana Ernestina Lemos, la pareja de Celis y pieza clave dentro de la organización. Fue ella quien terminó reconstruyendo con lujo de detalles el funcionamiento de la banda y los roles de sus integrantes.

Cuenta Luciana Lemos que la relación con Arias Quintana comenzó a gestarse estando Celis en prisión, a partir del contacto que le facilitó, aparentemente, un joven de nacionalidad dominicana condenado por el tráfico de casi 70 mil pastillas de éxtasis.

En septiembre de 2017, durante una visita que ella le hizo a la cárcel de Federal, Celis le dio varios números de teléfono con los cuales debía contactarse y le asignó una serie tareas a realizar para el relanzamiento de su organización. Johan era uno de esos contactos.

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Esa fecha es un punto de inflexión para la banda, que se puede entender en un mensaje de texto que el propio Celis le envió a Luciana Lemos y que luego borró de su teléfono:
–Por fin una buena, arreglé con el intendente –le escribió el 5 de septiembre.

Ese “arreglo” implicaba, cree el juez, la entrega regular de 50.000 pesos en efectivo, todos los meses y hasta el final de la gestión de Sergio Varisco, que Luciana Lemos debía recibir en mano antes del día 15 de cada mes; y también contemplaba formas de contratos de obra y de servicio simulados que el municipio tenía con allegados a Celis.

Hasta ese momento Celis compraba cinco kilos de cocaína por semana, pero “ahí empezaron a traer más cantidad, traían todas las semanas quince kilos y una vez bajaron veinte kilos de cocaína”, contó Lemos.

Ese “arreglo” fue el relanzamiento de la banda.

El cuaderno y la deuda

El esquema debía funcionar sin fisuras para que la droga circulara: mulas de Arias Quintana trasladaban la cocaína a Paraná, “cuando la droga llegaba se tenía que repartir inmediatamente, antes de las 12 de la noche que salía el colectivo de vuelta a Buenos Aires”, y Lemos debía recaudar entre sus revendedores para pagar la carga. Mientras tanto, los enviados de Arias Quintana –en ocasiones su padrastro, a veces su hermana u otras mujeres– esperaban en la casa de Lemos, en calle Don Segundo Sombra, o en la carnicería Q’ Carne, una pantalla legal de Celis en el barrio Antártida Argentina.

El propio Arias Quintana estuvo al menos en una ocasión en Paraná, acompañado por su pareja, Valeri Shesenia Lazo, también de nacionalidad peruana. Permanecieron tres días en la ciudad, entre el 16 y el 18 de abril de 2018, se alojaron en el hotel Howard Johnson Mayorazgo y Celis le pidió a Lemos que comprara un auto en una concesionaria local para que el Mayordomo se movilizara durante su estadía. Tales eran las excentricidades de Arias Quintana y el compromiso de Celis. “Lo compré para que este señor se maneje en Paraná”, contó Lemos. Pagó al contado la mitad de lo que costaba un Peugeot 307 y los gastos de transferencia del vehículo a su nombre y se comprometió a saldar el resto el 5 de mayo, pero no pudo hacerlo: tres días antes de la fecha límite se produjo el allanamiento en el que la Policía Federal secuestró 3,493 kilos de cocaína y Lemos quedó detenida.

En el allanamiento, además de droga, se encontraron cuadernos donde Lemos registraba cada una de las operaciones, el dinero que ingresaba y los pagos al proveedor. Todo ello sin que Celis lo supiera. ¿Por qué? Cuenta Lemos: “Una vez faltó plata. Johan no quería reconocérselo a Celis, que me reclamaba a mí, y entre los dos querían que yo pagara. Entonces, mandaron a Wilber (Figueroa Lagos, lugarteniente de Arias Quintana) para que se quedara en mi casa hasta que yo pague”.

Esas anotaciones alfanuméricas constituyen un elemento clave para reconstruir los movimientos económicos de la organización y ella misma los decodificó para los investigadores: “En la hoja suelta donde dice ‘C’ del cuaderno grande escrito con rojo dice ‘1220 llevo hna jefe’, que son 1.220.000 pesos que llevó la hermana de Johan. Eso es lo que me querían hacer cargo de que no se los había dado”, explicó.

Ese episodio generó tensión en la relación comercial, pero no fue el único: en febrero Celis fue apuñalado en prisión. La orden, según Lemos, la dio otro preso que antes le había robado de quince kilos de cocaína que Celis aún hoy no habría terminado de pagar… y eso no lo deja dormir.